
Que bueno es recordar que somos polvo. Que bueno saber que tras el cristal de los ojos solo hay arena que volverá tarde o temprano, quizá más temprano que tarde; a fundirse con el barro, ahora ya sin el aliento de Dios.
Los edificios majestuosos de nuestros cuerpos aguardan ser declarados en ruinas y la escombrera casi desde el principio un hueco tiene preparado para la ocasión.
Haití tiene nombre y apellidos, camina, sufre, padece y ríe… HAITÍ ES LA VIDA QUE BUSCA SU TEMBLOR. Sabemos que lo que se ve, como el templo de Jerusalén, yacerá destruido esperando “tercer día”. Allí, la verdad sea dicha, el euro siempre cotiza a la baja ( lo hizo el denario, el dracma, la perra gorda, la chica y la peseta. El dólar, el yen, la libra…) Y aun así, nosotros, Haitís en ruinas, seguimos soñando no noblezas y bellezas sino poder y gloria vana.
El ajetreo del mundo nos hace pensar que somos incorruptibles, hombres invencibles capaces de todo por nosotros mismo. Atontados somos incapaces de intuir la cercanía del final y es por esto que llenamos nuestra existencia de vanidad.
Efímero es el mundo, efímeras las islas de nuestras vidas…y a pesar de saberlo nos autoengañamos llenándonos de nada.
Es cuaresma, un tiempo propicio, no para castigarnos a un más con nuestras maldades, pero sí quizá para cimentar los que construimos en arenas movedizas. Es tiempo de la misericordia, es tiempo de gracia regalado por Dios para no desfallecer y desplomarse .
Es cuaresma, y de vez en cuando es bueno que nos recuerden que somos polvo.

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